jueves, 19 de octubre de 2017

Del observarse a sí mismo


Un pasaje de la Antropología de Kant, que muestra cómo estaba atento éste al dramatismo de la vida cotidiana, y al papel de la representación dramática en la constitución de la personalidad social y en el autoconcepto. Si somos un espectáculo para los demás, es para empezar porque lo somos para nosotros mismos, y viceversa. La sociedad se funda en gran medida en la representación de nuestro papel social, que viene a ser otra manera de decir, en el arte de aparentar. Especialmente llamativa es la manera en que Kant ya ve a la feminidad como una mascarada, como un arte de aparentar elaborado y para nada natural: en su natural no dramatizado, la mujer está mucho más cercana al hombre, una revelación que amenaza tanto la dualidad de los sexos como el orden dramático fundamental en el que descansa la sociedad.
selfobservation

Del observarse a sí mismo


4. El darse cuenta de sí mismo no es todavía un observarse a sí mismo. Esto último es una síntesis metódica de las percepciones adquiridas de nosotros mismos, que suministra la materia para el diario de un observador de sí mismo y conduce fácilmente a la exaltación y a la ilusión.

El atenderse a sí propio, cuando se tiene que tratar con los demás, es, sin duda, necesario, pero no ha de hacerse visible en el trato mismo, pues entonces hace parecer azorado (cortado) o afectado (retorcido). Lo contrario de ambas cosas es el desembarazo (l'air dégagé), un confiar en sí mismo hasta creer que no se ha de ser juzgado por los demás desfavorablemente para el propio decoro. El que se coloca cual si quisiera juzgar, mirándose al espejo, cómo se conduce, o habla oyéndose hablar (no meramente como oyéndole hablar otros), es una especie de actor. Quiere representar un papel y forja una ficción de su propia persona; con lo cual, si se percibe este esfuerzo en él, pierde en el jucio de los demás, porque suscita la sospecha de una intención de engañar. La franqueza en la manera de mostrarse exteriormente, que no da motivo ninguno a semejante sospecha, es lo que se llama un comportamiento natural (que no por serlo excuye todo arte bello y educación del gusto) y agrada por la mera veracidad en las exterioridades. Donde al par brilla en el lenguaje la franqueza de la simplicidad, esto es, de la falta de un arte del fingimiento que se ha convertido en regla, la franqueza se dice ingenuidad.

La manera franca de expresarse en una muchacha  que se acerca al tipo varonil o en un campesino no familiarizado con los modales urbanos, despierta, por su inocencia y simplicidad (o la ignorancia del arte de aparentar), una risa jovial en aquellos que son ya prácticos y hábiles en este arte. No es un carcajada despectiva, pues se honra en el fondo del corazón la pureza y la sinceridad, sino una benévola y amistosa risa de complacencia en la inexperiencia en el arte de aparentar, arte malo, aunque fundado en nuestra ya corrompida naturaleza humana, por el que antes se debía suspirar que reír, si se le compara con la idea de una naturaleza no corrompida todavía.* Es una momentánea jovialidad, como la que produce un cielo nublado que se abre en un punto para dejar pasar un rayo de sol, pero se cierra al instante, en obsequio a los ciegos ojos de topo del egoísmo.

Mas por lo que conciertne al verdadero propósito de este parágrafo, a saber, la advertencia anterior de no ocuparse en espiar y como en componer una estudiada historia interna del curso involuntario de los propios pensamientos y sentimientos, se la hace porque éste es justamente el camino derecho pra incurrir en la quimera de supuestas inspiraciones de lo alto y de fuerzas que influirían sobre nosotros sin nuestra cooperación y quién sabe de dónde procedentes, en la quimera de los iluminados y de los aterrorizados. Pues, sin notarlo, hacemos supuerstos descubrimientos de lo que nosotros mismo hemos introducido en nosotros, como una Bourignon (4) con sus lisonjeras alucinaciones, o un Pascal con las suyas espantables y angustiosas; un caso en que incurrió hasta una cabeza por lo demás excelente. Albrecht von Haller, el cual, en el Diario de su estado de alma, llevado durante largo tiempo, aunque con frecuencia interrumpido, llegó, por último, a preguntar a un célebre teólogo, su colega universitario en otro tiempo, el doctor Less, si no lograba encontrar en su rico tesoro de la divina sabiduría consuelo para su alma angustiada (5).

El observar en sí propio los distintos actos de la facultad de la representación, cuando uno mismo los provoca, es cosa muy digna de meditación, y para la Lógica y la Metafísica, necesaria y provechosa. Pero el querer sorprenderse a sí propio cuando vienen al espíritu por sí mismos y sin llamarlos (lo que sucede por obra del juego de la imaginación, que crea sin proponérselo), es, porque entonces los principios del pensar no van delante (como deben ir), sino que siguen detrás, una inversión del orden natural en la facultad de conocer, y o es ya una enfermedad del espíritu (visionarismo), o conduce a ella y al manicomio. El que gusta de contar muchas cosas sobre experiencias interiores (gracias, tentaciones), está expuesto en su viaje de exploración y busca de sí mismo a no arribar más que a las costas de Anticira (6). Pues no pasa con estas experiencias interiores como con las exteriores sobre los objetos del espacio, en que los objetos suministran experiencias coincidentes y duraderas. El sentido interno verlas relaciones entre sus determinaciones sólo en el tiempo, por tanto, en un fluir en que no cabe prolongar la observación, como, sin embargo, es necesario para la experiencia.**


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*En este respecto podría parodiarse el conocido verso de Persio, diciendo: naturam videant intemiscantque relicta. (3)

** Si nos representamos la íntima acción, la espontaneidad, por medio de la cual se hace posible un concepto (un pensamiento), la reflexión y la receptividad, por medio de las cuales se hace posible una percepción, esto es, una intuición empirica, la aprehensión, ambos actos con conciencia, puede dividirse la conciencia de sí mismo (apercepción) en la de la reflexión y la de la aprehensión. La primera es una conciencia del entendimiento; la segunda, del sentido interno: aquélla es la apercepción pura, ésta, la empírica; por lo cual se llama erróneamente a aquélla el sentido interior. En la Psicología nos estudiamos a nosotros mismos en nuestras representaciones del sentido interno; en la Lógica, en lo que pone en nuestra mano la conciencia intelectual. Ahora bien, aquí nos parece el yo ser doble (lo que sería contradictorio): 1) el yo en cuanto sujeto del pensar (en la Lógica), que significa la pura apercepción (el mero yo que reflexiona) y del cual no hay absolutamente nada más que decir, sino que es una representación perfectamente simple; 2) el yo en cuanto objeto de la percepción, o sea, del sentido interno, el cual encierra una multiplicidad de determinaciones que hacen posible una experiencia interna.

La cuestión de sí en los variados cambios internos del alma (de su memoria o de los principios admitidos por ella), el hombre, cuando es consciente de estos cambios, pude decir aún que es exactamente el mismo (en cuanto al alma) , es una cuestión absurdaA; pues el hombre sólo puede ser consciente de estos cambios representándose a sí propio en los varios estados como uno y el mismo sujeto, y el yo del hombre es sin duda doble por su forma (por la manera de representárselo), pero no por su materia (por el contenido representado).



 


3. "Contemplen a la naturaleza y giman por haberla abandonado. " El verso de las sátiras de Persio (III.38) dice: Virtutem videant intabescantque relicta, "contemplen la virtud y corróanse a sí mismos por haberla abandonado" [V.].

4. Antoinette Bourgignon (1616-1680), una visionaria y fundadora de la secta, natural de Lila, que influyó principalmente en los Países Bajos, y cuyas obras teosófico-místicas llenan no menos de 21 tomos. [V.]

5. Albrecht fon Haller: Diario de sus observaciones sobre otros escritores y sobre sí mismo, 1787. Less, doctor y profesor de Teología de Gotinga (1736 a 1793). Haller, pocos días antes de su muerte (diciembre de 1777), le hizo llegar por medio de una carta a Heine esta consulta: "¿Qué libro (no ha de ser largo), en mis circunstancias y contra las angustias de la muerte, sino para compartir firmeemente los merecimientos del Salvador, podría yo leer con fruto?" [K.].

6. Anticira, ciudad costera de Fócida, cuyos habitantes habían convertido en un medio terapéutico muy eficaz el eléboro que crecía en gran cantidad en sus montañas, por lo cual es Anticyra citada en Horacio como lugar de curación varias veces (Sat., II, 3, 83, ibíd., 1966, De Arte poética, 300). A Kant pudo haberle sugerido también la cita un artículo del Teutscher Merkur de 1784 "Sobre los viajes y un viajero que dicen fue a Anticyra". [K.]



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