martes, 10 de julio de 2012

Consiliencia: La unidad del saber

El libro de E. O. Wilson Consilience: The Unity of Knowledge (Nueva York: Knopf, 1998) es uno de los grandes libros de pensamiento de la actualidad, un clásico moderno que combina ciencia, filosofía, ecología, ética y humanidades. Y es el libro más representativo en torno al cual se organiza el actual paradigma crítico que podríamos llamar evolucionista-sociobiológico.

Es un libro de horizonte intelectual amplísimo, que une en un acto interpretativo toda la experiencia humana desde los orígenes remotos, y la historia complicada, hasta una visión del futuro y una llamada a la acción y a la consciencia ética. Es a la vez una exposición del conocimiento, un aviso, y una moral de la responsabilidad. Es uno de esos libros que hay que leer para entender de dónde venimos, quiénes somos y a dónde queremos—o podemos—ir. Y qué hacer para ello.

Así describe el libro su solapa, exacta en este caso:


"Una enorme aventura intelectual. En este libro que abre nuevas direcciones, el biólogo norteamericano Edward O. Wilson, considerado como uno de los mayores científicos vivientes, defiende la unidad fundamental de todo el conocimiento, y la necesidad de buscar la consiliencia—la prueba de que todo en nuestro mundo está organizado en función de un pequeño número de leyes fundamentales naturales que comprenden los principios subyacentes a todas las ramas del saber.

El profesor Wilson, pionero de la sociobiología y de la biodiversidad, vuelve a romper las convenciones del pensamiento comúnmente aceptado. Muestra cómo y por qué nuestro ascenso explosivo hacia el dominio intelectual de las verdades de nuestro universo tiene sus raíces en el antiguo concepto griego de un orden intrínseco que gobierna nuestro cosmos y a la especie humana—una visión que encontró su apogeo en la época de la Ilustración, y luego se perdió gradualmente en la creciente fragmentación y especialización del conocimiento de los dos últimos siglos. Basándose en conocimientos de las ciencias físicas y de la biología, de la antropología, psicología, religión, filosofía, y las artes, el profesor Wilson muestra por qué los objetivos originales de la Ilustración están volviendo a la vida súbitamente, por qué están reapareciendo en la frontera misma de las ciencias y del saber humanístico, y cómo están empezando a perfilarse como el plan maestro de nuestro mundo tal y como efectivamente es—de modo profundo, elegante y apasionante."

El epígrafe viene de uno de los padres de la Ilustración, Francis Bacon, que a principios del siglo XVII escribió su propia panorámica de las disciplinas del saber, The Advancement of Learning. Hacía falta valor entonces para trazar una panorámica del conocimiento, y hace falta mucho más a finales del siglo XX, tras la supuesta muerte del proyecto de la Ilustración y el descrédito de las "Grandes narrativas." Pero si algo tiene sentido en ciencia es en términos de la evolución, y no hay mayor narrativa que la que todo lo comprende. Wilson propone una nueva Gran Instauración que combine las ciencias y las humanidades, para fundar una filosofía del ser humano que conozca su sitio en el Universo, y una ética ecológicamente responsable que le lleve a preservar el medio ambiente para preservarse a sí mismo. El libro pasa revista a la cosmología y las ciencias naturales, a la evolución humana y la mente, al nuevo conocimiento del cuerpo y la mente que nos da la genética; concibe la cultura como enraizada en la naturaleza humana, y examina las ciencias sociales, las artes y la religión desde esta perspectiva sociobiológica, evolucionista y ecológica.

La unidad del saber es una noción muy relevante para el proyecto al que doy vueltas ahora: el de la estructuración narrativa del conocimiento como un mundo de historias engarzadas unas en otras, el mapa narrativo de la realidad, que por supuesto tiene en la Gran historia del cosmos su último anclaje y su perspectiva más panorámica. Mostrar dónde se ubican las disciplinas del saber, como hace Wilson, y cómo se engarzan en la naturaleza humana, nos ayuda a comprender los relatos que sobre la realidad crean y organizan esas disciplinas, una parte todos del Gran Relato de la historia del cosmos visto desde ese rincón que es la historia de la humanidad, una Gran Historia para nosotros, por supuesto.

Termina con el capítulo "To What End?" —a qué fin: un visión del momento crítico al que se enfrenta la humanidad ahora, ya mismo, y en el futuro próximo, un cuello de botella ecológico al que llevan la superpoblación y sobreexplotación de los recursos naturales. Una perspectiva que debe hacer tomar conciencia de toda la historia de la humanidad y de nuestra naturaleza más profunda, con el fin de encarar un futuro altamente incierto con una visión clara de los problemas, y con una conciencia de las cuestiones esenciales a las que atender, puesto que van unidas a nuestra naturaleza. Las próximas décadas, el siglo que acaba de empezar, será decisivo como pocos, llevándonos probablemente a la catástrofe global y a un futuro que sólo será vivible en una nueva relación con el entorno natural. No termina con una nota negativa Wilson, aunque los datos que da no dejan mucho lugar al optimismo. El final del libro es sin embargo potente como llamada a la consciencia y la responsabilidad a la que lleva el saber, ahora que lo tenemos, en la medida en que lo tenemos:


Podría parecer al principio que la búsqueda de la consiliencia aprisiona la creatividad. Lo cierto es lo contrario. Un sistema unificado de conocimiento es la manera más segura de identificar los dominios de la realidad que todavía no se han explorado. Proporciona un mapa claro de lo que se sabe, y da forma a las preguntas más productivas para la investigación futura. Los historiadores de la ciencia observan con frecuencia que plantear la pregunta adecuada es más importante que dar con la respuesta acertada. La respuesta acertada a una pregunta trivial también es trivial, pero la pregunta adecuada, aun cuando sea insoluble en su forma exacta, es una guía hacia descubrimientos importantes. Y así será siempre en las expediciones futuras de la ciencia, y en los vuelos imaginativos del arte.

Creo que localizando nuevas direcciones para el pensamiento creativo también llegaremos a un conservacionismo existencial. Vale la pena preguntar repetidamente, ¿cuáles son nuestras raíces más profundas? Somos, según parece, primates catarrinos del Viejo Mundo, animales brillantes y emergentes, definidos genéticamente por nuestro origen sin par, dotados con un genio biológico recién descubierto, y seguros en nuestra tierra de origen si deseamos estarlo. ¿Qué significa todo esto? Esto es todo lo que esto significa. En la medida en que dependamos de prótesis articiales para mantenernos vivos a nosotros mismos y a la biosfera, lo convertiremos todo en algo frágil. En la medida en que desterremos al resto de la vida, empobreceremos a nuestra propia especie por siempre jamás. Y si entregamos nuestra naturaleza genética al raciocinio asistido por máquinas, y nuestra ética y nuestro arte y nuestro propio sentido a la costumbre de divagaciones descuidadas en el nombre del progreso, imaginándonos que somos como dioses y que estamos absueltos de nuestra vieja herencia, nos convertiremos en nada. (298)

Es un solemne final que reescribe la parábola del jardín del Edén, retomando la vieja herencia cristiana que Wilson confiesa haber abandonado en sus términos literales. Vemos que sin embargo el viejo mito sigue funcionando en este libro. Satán nos tienta para que creamos que somos como dioses, y para que, con el fruto del árbol de la ciencia, abandonemos el paraíso terrenal. Para Wilson, sería un error creer que una vez mordida la manzana, tenemos que salir del edén. Si el saber es tal, habría de llevarnos a reconocer nuestras propias limitaciones. Por desgracia, el comportamiento de la especie no responde al saber de unos pocos, y lo que sucede no está guiado por ninguna intención, sino que es un resultado emergente, imparable si no totalmente imprevisto. Eso también nos lo dice lo que sabemos de cómo somos.





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