domingo, 8 de abril de 2012

Te(le)ología, evolución, y retrospección

Leyendo el libro La singularidad de la especie humana, de Carlos Beorlegui (Deusto, 2011), que pretende defender la tesis de (valga la repetición) la singularidad de la especie humana—algo muy meritorio y digno de atención, como el repaso que da Beorlegui a toda la teoría de la evolución, aceptando el darwinismo y materialismo en el terreno científico, pero (de modo un tanto incoherente) reservando un terreno filosófico y teológico aparte, en el que se contradicen e ignoran flagrantemente los principios científicos tan cuidadosamente enunciados:

"Desde nuestro punto de vista, cabe y es legítimo advertir, más allá del nivel del entrelazamiento de los factores causales de la materia viva, una fuerza teleológica que da sentido al proceso evolutivo, orientándolo desde el origen de la vida, pasando por su complejificación desde las formas unicelulares a las pluricelulares, hasta llegar a la especie humana. Se trata de un proceso tan complejo, lleno de tantas maravillas, que resulta plausible y legítimo ver en él y apostar por la presencia fundamentadora, pero también respetuosa, de la acción de Dios. Esta propuesta, aparte de situarse en el terreno de la fe y de la apuesta de sentido, tiene el reto de hacer plausible el modo de proponer y entender la acción de Dios dentro de Dios dentro del universo. Por ahí discurren las diversas e interesantes propuestas teológicas que tratan de reconstruir una visión renovada de Dios y de los diversos capítulos de la teología" (509-10).

Lástima... desde luego es propio y singular de la especie humana el errare de esta manera; aunque también hay otras muchas singularidades que llaman la atención (humana), salvando el apunte de que cada especie es singular a su manera, o no sería. Teleología y darwinismo no se llevan bien; teología y teleología sí. Del empeño o tesis de Beorlegui salvo la reflexión de que no puede reducirse el ser humano a lo que cabe en la disciplina de la (socio)biología, porque esa disciplina sólo se ocupa de algunas singularidades humanas. Otras no entran en su ámbito de atención o competencia, pero ello no significa que esa disciplina o perspectiva sobre el ser humano sea errónea, o limitada, o esté mal enfocada. Lo estará si se pretende sacarla del ámbito de sus competencias o hacer que ocupe el lugar de todas las demás disciplinas que tratan de los fenómenos humanos.

Un apunte interesante sobre perspectiva temporal, prospectiva o retrospectiva, y evolución, cuando habla del diseño inteligente de Ray o Paley frente al diseño NO INTELIGENTE propuesto por Darwin:

"Darwin acepta que los seres vivos y sus órganos están diseñados para ciertos cometidos, para determinadas funciones, y, por ello, están adaptados para determinadas formas de vida. Pero tanto esas formas con sus respectivas funciones no las ha dibujado ningún diseñador inteligente, sino que tienen su explicación de forma natural, desde una racionalidad retrospectiva, no prospectiva (García Bacca). Y este modo de entender el proceso evolutivo no lo reducía Darwin al mundo de los animales, sino que lo extendía también al género humano, a diferencia de Alfred Wallace (1823-1913), el otro descubridor de la teoría de la selección natural, con el que discrepaba acerca de la inserción de la especie humana en el proceso evolutivo."

Parece claro que Beorlegui está más con Wallace que con Darwin, y en la contradicción entre las dos citas está la contradicción de su libro a la vez "evolucionista" y "te(le)ológico". Y que, a pesar de su retórica y ropaje evolucionistas, y sus críticas al diseño inteligente tal como nos viene de USA, lo tenemos que incluir a él también entre los creacionistas.

En lo que a mí respecta, me temo que podemos sumar el "diseño inteligente" y su lógica prospectiva a la colección de falacias retroprospectivas que son efecto de nuestra interpretación narrativa de los procesos (hindsight bias).

Aunque admito que esta es una oposición no absoluta, la que hay entre creacionismo y evolucionismo, y que merece ser desconstruida. Sobre todo en el caso de creacionistas como Beorlegui, que reducen el elemento creacionista a una dimensión casi nostálgica fuera del ámbito científico, y en lo que es discusión científica se atienen al evolucionismo—un mundo totalmente regido por lo que los escolásticos llamarían causas secundarias, y dejado de la mano de Dios.

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